Seleccionar, escoger, aprender

A menudo el trabajo de selección de fotografías, después de un viaje o un trabajo personal, resulta pesado y aburrido. Se tienen que repasar centenares o miles de imágenes que muchas veces nos parecen casi idénticas, y este hecho nos agota y aburre, con el resultado que las fotografías se quedan amontonadas, sin más, en las estanterías virtuales de los discos duros. Muchas visiones no ven nunca la luz del sol porque quedan ahogadas en una marea enorme de fotografías donde nos da pereza sumergirnos para rebuscar nuestras vivencias.

(c) Jordi Ferrando i Arrufat  (c) Jordi Ferrando i Arrufat  (c) Jordi Ferrando i Arrufat

Pero el peor efecto de una carencia de criterio no es la cantidad de espacio ocupado en el ordenador, sino la imposibilidad de aprender de nuestros aciertos y errores; la imposibilidad de reconocer y recordar por qué y cómo hemos hecho una imagen y poder decidir, la próxima vez, si repetir o mejorar aquel resultado.

No se tendría que emprender nunca una nueva aventura fotográfica sin antes haber revisado y valorado el trabajo anterior. Progresar significa aprender y la forma más fácil de aprender es observar lo que hemos hecho para apreciar los matices que nos interesan y poder caminar, siempre, hacia adelante.

Si se dispara con sistema analógico, cada imagen cuesta dinero y este banal (¡o no!) tema económico ya supone realizar una selección a priori. Pero cuando no hay un límite previo cuesta mucho imponérselo y es habitual encontrarse con una acumulación de archivos para clasificar.

(c) Jordi Ferrando i Arrufat_D  (c) Jordi Ferrando i Arrufat  (c) Jordi Ferrando i Arrufat

Disparar mucho no es, por sí solo, una equivocación, más bien al contrario: permite experimentar y crecer deprisa pero con la condición, esto sí, de repasar con ojo crítico los resultados y entender hacia donde ir. Y es en este momento que empieza el trabajo, olvidado pero indispensable, de la selección.

Visualizar, visualizar y visualizar el material hasta poder obtener el mejor resultado, ya sea para una proyección, un libro, un calendario o, sencillamente, un buen recuerdo familiar.

Evidentemente hay criterios técnicos (si está enfocada, movida o mal iluminada) que ayudan mucho en esta tarea, pero cuando los elementos objetivos no hacen la diferencia, la única solución es mirar en nuestro interior para descubrir la historia que queremos explicar, la vivencia que nos ha emocionado o los sujetos que no queremos olvidar.

(c) Jordi Ferrando i Arrufat    (c) Jordi Ferrando i Arrufat

Al principio será difícil y, como en muchos aprendizajes, necesitaremos tiempo y ayuda, pero si realmente se quiere sacar todo el zumo a nuestro material tenemos que dedicar energías a hacer una buena selección.

Mirar, con conciencia, lo que hemos hecho es indispensable para saber lo que, inconscientemente, podremos ver la próxima vez.

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Jordi Ferrando i Arrufat

Fotógrafo y colaborador en organización de cursos y viajes fotográficos en at Casanova Foto
Soy catalán, nacido a Les Borges Blanques, un pueblecito de la provincia de Lleida. Mi familia se trasladó muy pronto a Barcelona, donde he crecido.
Entré en el mundo de la fotografía a la edad de 14 años, de la mano de mi abuelo materno que me dejó mi primera cámara y me llevó con él a conocer Catalunya. Poco después mi padre se compró una réflex que utilicé durante mucho tiempo.
Cuando tenía 16 años, junto con tres amigos, hice una ruta (de 150 km) desde Montserrat a Puigcerdà. Esta aventura significó el descubrimiento de dos pasiones, y desde aquel momento en los viajes me verán siempre con la mochila a la espalda y una cámara de fotos al cuello.

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